EL DEBATE NO ES SOBRE ROBERTO CASSÁ: ES SOBRE LA BAJA CALIDAD DE LOS LIBROS DE TEXTO DE LA SERIE LIBRO ABIERTO
Me parece
metodológicamente incorrecto utilizar el prestigio académico del historiador
Roberto Cassá como una especie de aval general de toda la serie de libros de
Ciencias Sociales. La autoridad intelectual de un autor sólo puede
respaldar las obras en cuya elaboración, revisión o validación haya participado
efectivamente; no puede extenderse automáticamente a materiales producidos por
terceros.
De los once libros de
Ciencias Sociales aprobados para las escuelas públicas, únicamente tres
—correspondientes a los últimos grados del Nivel Secundario— son atribuidos a
Roberto Cassá y al equipo vinculado al Archivo General de la República. Aunque
originalmente se les habría contratado para elaborar seis textos, finalmente
sólo tres fueron aprobados, a través de la Ordenanza No. 02-2023. Por
consiguiente, no resulta intelectualmente válido invocar el nombre y la
trayectoria de Cassá para defender en bloque los otros ocho libros, salvo
que pueda demostrarse que participó directamente en su elaboración o
validación. Sería una indebida transferencia de autoridad académica:
pretender que el prestigio de un autor legitime materiales que no son de su
autoría.
Pero existe una cuestión
todavía más importante: la calidad de un libro de texto no se determina
exclusivamente por la exactitud de su contenido conceptual o disciplinar.
Desde la teoría curricular, la didáctica y la edición educativa, un libro
escolar es un dispositivo pedagógico complejo. Su calidad depende también de la
organización y secuenciación de los aprendizajes, la adecuación al desarrollo
cognitivo del estudiante, la calidad de las actividades, la progresión de
competencias, la relación entre contenidos conceptuales, procedimentales y
actitudinales, la evaluación, la legibilidad lingüística, el diseño de la
información y la coherencia entre currículo, enseñanza y aprendizaje.
Precisamente ahí radica
una parte sustancial de los cuestionamientos a la Serie Libro Abierto. El
problema no es necesariamente una supuesta “distorsión de la historia”; el
problema central es la calidad pedagógica, curricular, lingüística y editorial
de los materiales. La presencia reiterada de errores sintácticos y
lingüísticos, junto con una estructura editorial excesivamente uniforme entre
textos destinados a grados, edades y niveles de desarrollo diferentes,
constituye un indicador que merece una evaluación técnica independiente. Un
libro para enseñar no puede juzgarse como si fuera simplemente una obra
académica de consulta: debe demostrar que su arquitectura didáctica facilita
efectivamente el aprendizaje.
A esto se agrega un problema institucional particularmente serio. Si, como se ha denunciado, estos materiales no fueron sometidos integralmente a los procedimientos técnicos de selección, evaluación, pilotaje y validación curricular establecidos en la Ordenanza No. 26-2017, que establece el Reglamento de Evaluación de los Medios y Recursos para el Aprendizaje, y si además las contrataciones fueron distribuidas grado por grado mediante mecanismos que evitaron una competencia efectiva entre propuestas editoriales, entonces se habría debilitado precisamente el sistema de controles que existe para proteger la calidad del libro escolar. La competencia no es una mera formalidad administrativa: permite comparar equipos autorales, propuestas pedagógicas, diseños editoriales, costos y estándares de calidad antes de comprometer recursos públicos y colocar un texto en manos de cientos de miles de estudiantes.
Esta fue la infame reacción del ex-ministro Ángel Hernández, cuando se le cuestionó sobre la evaluación y validación de los libros de texto. Desde entonces, se ha querido usar la reputación del autor Roberto Cassá para validar todos los materiales:
Por eso, la discusión no
debe reducirse a si Roberto Cassá es o no un historiador prestigioso. Su
trayectoria académica no está en cuestionamiento. Lo que está en cuestionamiento es un modelo
de producción de libros escolares. Una excelente autoridad disciplinar
puede producir o supervisar contenidos históricamente rigurosos y, aun así,
ello no demuestra que toda una colección posea calidad curricular, didáctica,
lingüística y editorial.
En
consecuencia, la verdadera distorsión que debe investigarse no es
solamente la posible distorsión de determinados contenidos históricos, sino la
eventual distorsión de los procedimientos legales, curriculares, pedagógicos y
editoriales diseñados para garantizar libros de texto de calidad. El
prestigio de un autor no sustituye la validación curricular; la autoridad
académica no sustituye la evaluación pedagógica; y ningún nombre, por respetado
que sea, puede sustituir los controles de calidad y los procedimientos de
contratación que debe observar la Administración Pública.
En síntesis:
no se está juzgando la trayectoria de Roberto Cassá; se está evaluando la
calidad de una política pública editorial. Y una política pública no se valida
por el prestigio de uno de sus autores, sino por la calidad demostrable de sus
materiales y por la legalidad, transparencia y rigor técnico del proceso
mediante el cual fueron producidos, seleccionados y aprobados.



Creo que la pregunta no debería ser quién respalda los libros, sino qué evidencia tenemos para afirmar que los libros merecen ser respaldado.
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